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Catechesi Santo Padre

papa Francesco abbraccia malatoAlle ore 11 di questa mattina, nella Sala del Concistoro del Palazzo Apostolico, il Santo Padre Francesco ha ricevuto in Udienza i partecipanti al IV Seminario sull’Etica nella gestione della Salute che si svolge in Vaticano dal 1° al 5 ottobre 2018.

Pubblichiamo di seguito il discorso che il Papa ha rivolto ai presenti nel corso dell’incontro:

L’accompagnamento come antidoto all’eutanasia

 

Discorso del Santo Padre

Excelencias, señoras y señores:

Les doy la bienvenida a este encuentro y agradezco a Mons. Alberto Bochatey, O.S.A., Obispo auxiliar de La Plata, Presidente de la Comisión de Salud de la Conferencia Episcopal Argentina, al señor Cristian Mazza, Presidente de la Fundación Consenso Salud, y a los entes que representan, por la oportunidad de este seminario que, con el auspicio de la Pontificia Academia para la Vida, se organiza para afrontar temas del ámbito de la salud que tienen gran relieve en la sociedad, desde una reflexión ética basada en el Magisterio de la Iglesia.

El mundo de la salud en general, y particularmente en América Latina, vive una época marcada por la crisis económica; y puede hacernos caer en el desaliento las dificultades en el desarrollo de la ciencia médica y en el acceso a las terapias y medicinas más adecuadas. Pero el cuidado de los hermanos abre nuestro corazón para acoger un don maravilloso. En este contexto les propongo tres palabras, para la reflexión: milagro, cuidado y confianza.

Los responsables de las instituciones asistenciales me dirán, con razón, que no se pueden hacer milagros y hay que asumir que el balance coste-beneficio supone una distribución de los recursos, y que las asignaciones vienen condicionadas además por infinidad de cuestiones médicas, legales, económicas, sociales y políticas, además de éticas.

Sin embargo, un milagro no es hacer lo imposible; el milagro es encontrar en el enfermo, en el desamparado que tenemos delante, a un hermano. Estamos llamados a reconocer en el receptor de las prestaciones el inmenso valor de su dignidad como ser humano, como hijo de Dios. No es algo que pueda, por sí solo, deshacer todos los nudos que objetivamente existen, en los sistemas, pero creará en nosotros la disposición de desatarlos en la medida de nuestras posibilidades y, además, dará paso a un cambio interior y de mentalidad en nosotros y en la sociedad.

Esta conciencia —si está profundamente arraigada en el substrato social— permitirá que se creen las estructuras legislativas, económicas, médicas necesarias para afrontar los problemas que vayan surgiendo. Las soluciones no tienen por qué ser idénticas en todos los momentos y realidades, pero pueden gestarse con la combinación entre lo público y privado, legislación y deontología, justicia social e iniciativa empresarial. El principio inspirador de este trabajo no puede ser otro que la búsqueda del bien. Este bien no es un ideal abstracto, sino una persona concreta, un rostro, que muchas veces sufre. Sean valientes y generosos en las intenciones, planes y proyectos y en el uso de los medios económicos y tecno-científicos. Aquellos que se beneficien, especialmente los más pobres, sabrán apreciar sus esfuerzos e iniciativas.

La segunda palabra es cuidado. Curar a los enfermos no es simplemente la aséptica aplicación de medicamentos o terapias apropiadas. Ni siquiera su sentido primigenio se limita a buscar el restablecimiento de la salud. El verbo latino “curare quiere decir: atender, preocuparse, cuidar, hacerse responsable del otro, del hermano. De eso tendríamos que aprender mucho los “curas”, pues para eso nos llama Dios. Los curas estamos para cuidar, curar.

Esa disposición del agente sanitario es importante en todos los casos, pero tal vez se percibe con mayor intensidad en los cuidados paliativos. Estamos viviendo casi a nivel universal una fuerte tendencia a la legalización de la eutanasia. Sabemos que cuando se hace un acompañamiento humano sereno y participativo, el paciente crónico grave o el enfermo en fase terminal percibe esta solicitud. Incluso en esas duras circunstancias, si la persona se siente amada, respetada, aceptada, la sombra negativa de la eutanasia desaparece o se hace casi inexistente, pues el valor de su ser se mide por su capacidad de dar y recibir amor, y no por su productividad.

Es necesario que los profesionales de la salud y cuantos se dedican a la asistencia sanitaria se comprometan en una continua actualización de las necesarias competencias, de modo que siempre puedan responder a la vocación como ministros de la vida. La Nueva Carta de los Agentes Sanitarios (NCAS) es un útil instrumento de reflexión y trabajo para ustedes, y es un elemento que puede ayudar en el diálogo entre las iniciativas y proyectos privados y estatales, nacionales e internacionales. Este diálogo y trabajo conjunto enriquece concretamente las prestaciones de salud y sale al encuentro de tantas necesidades y emergencias sanitarias de nuestro pueblo latinoamericano.

La tercera palabra es confianza, que podemos distinguir en varios ámbitos. Ante todo, como ustedes saben, es la confianza del propio enfermo en sí mismo, en la posibilidad de curarse, pues ahí estriba gran parte del éxito de la terapia. No menos importante es para el trabajador poder realizar su función en un entorno de serenidad, y ello no puede separarse de saber que está haciendo lo correcto, lo humanamente posible, en función de los recursos a disposición. Esta certeza se debe basar en un sistema sostenible de atención sanitaria, en el que todos los elementos que lo conforman, regidos por la sana subsidiariedad, se apoyan unos en otros para responder a las necesidades de la sociedad en su conjunto, y del enfermo en su singularidad.

Ponerse en las manos de una persona, sobre todo cuando está en juego la vida, es muy difícil; sin embargo, la relación con el médico o enfermero se ha fundamentado siempre desde la responsabilidad y la lealtad. Hoy, por la burocratización y complejidad del sistema sanitario, corremos el riesgo de que los términos del “contrato” sean los que establezcan esa relación entre el paciente y el agente sanitario, rompiendo de esta manera esa confianza.

Debemos seguir luchando por mantener íntegro este vínculo de profunda humanidad, pues ninguna institución asistencial puede por sí sola sustituir el corazón humano ni la compasión humana (cf. S. Juan Pablo II, M.P. Dolentium hominum, 11 febrero 1985; NCAS, 3). Por tanto, la relación con el enfermo exige respeto a su autonomía y una fuerte carga de disponibilidad, atención, comprensión, complicidad y diálogo, para ser expresión de un compromiso asumido como servicio (cf. NCAS, 4).

Los animo en su tarea de llevar a tantas personas y a tantas familias la esperanza y la alegría que les falta. Que nuestra Virgen santa, Salud de los Enfermos, los acompañe en sus ideales y trabajos, y ella que supo acoger la Vida, Jesús, en su seno, sea ejemplo de fe y de valentía para todos ustedes. Desde mi corazón, los bendigo a todos. Que Dios Padre de todos les dé a cada uno la prudencia, el amor, la cercanía al enfermo para poder cumplir su deber con grande humanidad. Y por favor, no se olviden de rezar por mí. Gracias.

© http://press.vatican.va/content/salastampa/it/bollettino.html 1 ottobre 2018




Di fronte alla «forte tendenza alla legalizzazione dell’eutanasia» Papa Francesco auspica «un accompagnamento umano sereno e partecipativo» per «il paziente cronico grave o il malato in fase terminale». Lo ha ribadito ricevendo in udienza nella mattina di lunedì 1° ottobre, nella Sala del Concistoro, i partecipanti a un seminario sull’etica nella gestione della salute, provenienti dall’America latina.

Eccellenze, signore e signori,
Vi do il benvenuto a questo incontro e ringrazio Monsignor Alberto Bochatey, O . S . A ., Vescovo ausiliare di La Plata, Presidente della Commissione della Salute della Conferenza Episcopale Argentina, il signor Cristian Mazza, Presidente della Fondazione Consenso Salud, e gli enti che rappresentate, per l’opp ortunità di questo seminario che, con il patrocinio della Pontificia Accademia per la Vita, si organizza per affrontare temi dell’ambito della salute che hanno grande rilievo nella società, a partire da una riflessione etica basata sul Magistero della Chiesa. Il mondo della salute in generale, e in particolare in America Latina, vive un’epoca segnata dalla crisi economica; e possono farci cadere nello sconforto le difficoltà nello sviluppo della scienza medica e nell’accesso alle terapie e ai farmaci più adeguati.
Ma la cura dei fratelli apre il nostro cuore per accogliere un dono meraviglioso. In tale contesto vi propongo tre parole per la riflessione: miracolo, cura e fiducia. I responsabili delle istituzioni assistenziali mi diranno, giustamente, che non si possono fare m i ra c o l i e bisogna ammettere che il bilancio costo-beneficio presuppone una distribuzione delle risorse, e che inoltre gli stanziamenti sono condizionati da una miriade di questioni mediche, legali, economiche, sociali e politiche, oltre che etiche.
Tuttavia un miracolo non è fare l’impossibile; il miracolo è trovare nel malato, nell’indifeso che abbiamo davanti, un fratello.
Siamo chiamati a riconoscere in chi riceve le prestazioni l’immenso valore della sua dignità come essere umano, come figlio di Dio.
Non è qualcosa che può, da solo, sciogliere tutti i nodi che oggettivamente esistono nei sistemi, ma creerà in noi la disposizione a scioglierli per quanto ci è possibile, e inoltre darà luogo a un cambiamento interiore e di mentalità in noi e nella so cietà.
Questa coscienza — se profondamente radicata nel sostrato sociale — permetterà che si creino le strutture legislative, economiche e mediche necessarie per affrontare i problemi che potranno sorgere. Le soluzioni non devono essere identiche in tutti i momenti e in tutte le realtà, ma possono nascere dalla combinazione tra pubblico e privato, tra legislazione e deontologia, tra giustizia sociale e iniziativa imprenditoriale. Il principio ispiratore di questo lavoro non può essere altro che la ricerca del bene. Questo bene non è un ideale astratto, ma una persona concreta, un volto, che molte volte soffre.
Siate coraggiosi e generosi nei propositi, piani e progetti e nell’uso dei mezzi economici e tecno-scientifici. Quanti ne beneficeranno, soprattutto i più poveri, sapranno apprezzare i vostri sforzi e le vostre iniziative. La seconda parola è c u ra . Curare i malati non è semplicemente l’asettica applicazione di farmaci e terapie appropriate. Neppure il suo significato primigenio si limita a cercare il recupero della salute. Il verbo latino “cur a re ” vuol dire: assistere, preoccuparsi, prendersi cura, farsi responsabili dell’altro, del fratello. Da ciò dovremmo imparare molto noi “curas” [preti], perché a questo ci chiama Dio. Noi “curas” ci siamo per prenderci cura, per curare. Tale disposizione dell’op eratore sanitario è importante in tutti i casi, ma forse si percepisce con maggiore intensità nelle cure palliative. Stiamo vivendo quasi a livello mondiale una forte tendenza alla legalizzazione dell’eutanasia. Sappiamo che quando si fa un accompagnamento umano sereno e partecipativo, il paziente cronico grave o il malato in fase terminale percepisce questa sollecitudine. Persino in quelle dure circostanze, se la persona si sente amata, rispettata, accettata, l’ombra negativa dell’eutanasia scompare o diviene quasi inesistente, poiché il valore del suo essere si misura in base alla sua capacità di dare e ricevere amore, e non in base alla sua produttività.
È necessario che i professionisti della salute, e quanti si dedicano all’assistenza sanitaria, s’impegnino in un costante aggiornamento delle necessarie competenze, di modo che possano sempre rispondere alla vocazione come ministri della vita. La Nuova Carta degli Operatori Sanitari ( NCAS ) è per voi un utile strumento di riflessione e di lavoro, e un elemento che può aiutare nel dialogo tra le iniziative e i progetti privati e statali, nazionali e internazionali. Questo dialogo e lavoro congiunto arricchisce in concreto le prestazioni sanitarie e va incontro a tanti bisogni ed emergenze sanitarie del nostro popolo latinoamericano. La terza parola è fiducia , che possiamo distinguere in vari ambiti. Innanzitutto, come voi sapete, è la fiducia del malato in se stesso, nella possibilità di curarsi, poiché dipende da ciò gran parte del successo della terapia. Non meno importante è per il lavoratore poter svolgere la sua funzione in un contesto di serenità, e questo non si può separare dal sapere che si sta facendo la cosa giusta, ciò che è umanamente possibile, in funzione delle risorse a disposizione. Questa certezza si deve basare su un sistema sostenibile di attenzione sanitaria, in cui tutti gli elementi che lo formano, retti da una sana sussidiarietà, si appoggiano gli uni agli altri per rispondere ai bisogni della società nel suo insieme, e del malato nella sua singolarità.
Mettersi nelle mani di una persona, soprattutto quando è in gioco la propria vita, è molto difficile; tuttavia il rapporto con il medico o l’infermiere è sempre stato fondato sulla responsabilità e sulla lealtà. Oggi, a causa della burocratizzazione e la complessità del sistema sanitario, corriamo il rischio che siano i termini del “contratto” a stabilire questo rapporto tra il paziente e l’op eratore sanitario, infrangendo in tal modo questa fiducia. Dobbiamo continuare a lottare per mantenere integro questo vincolo di profonda umanità, poiché nessuna istituzione assistenziale può da sola sostituire il cuore umano e neppure la compassione umana (cfr. san Giovanni Paolo II , DOLENTIUM HOMINUM, 11 febbraio 1985; NCAS , n. 3). Il rapporto con il malato esige dunque rispetto per la sua autonomia e una forte carica di disponibilità, attenzione, comprensione, complicità e dialogo, per essere espressione di un impegno assunto come servizio (cfr. NCAS , n. 4). Vi incoraggio nel vostro compito di portare a tante persone e a tante famiglie la speranza e la gioia che mancano loro. Che la nostra Vergine santa, Salute degli Infermi, vi accompagni nei vostri ideali e lavori, e lei che ha saputo accogliere la Vita, Gesù, nel suo grembo, sia esempio di fede e di coraggio per tutti voi. Dal profondo del cuore vi benedico tutti. Che Dio, padre di tutti, dia a ognuno di voi la prudenza, l’amore, la vicinanza al malato per poter adempiere al proprio dovere con grande umanità. E, per favore, non dimenticatevi di pregare per me. Grazie.

© Osservatore Romano - 1-2 ottobre 2018