Alle ore 11.15 di questa mattina, nell’Aula Paolo VI, il Santo Padre Francesco ha ricevuto in Udienza i pellegrini da El Salvador, giunti a Roma in occasione della Canonizzazione di Óscar Arnulfo Romero y Galdámez, che si è svolta ieri, domenica 14 ottobre, in Piazza San Pietro.
Pubblichiamo di seguito il discorso che il Papa ha rivolto ai presenti nel corso dell’incontro:
Discorso del Santo Padre
Queridos hermanos y hermanas:
Buenos días y muchas gracias por estar aquí. La canonización de Mons. Óscar Romero, un pastor insigne del continente americano, me permite tener un encuentro con todos ustedes, que han venido a Roma para venerarlo y, al mismo tiempo, para manifestar su adhesión y cercanía al Sucesor de Pedro. Muchas gracias.
Saludo en primer lugar a mis hermanos en el Episcopado, los obispos de El Salvador, venidos a Roma acompañados de sus sacerdotes y fieles, y tanta monja, ¿no? San Óscar Romero supo encarnar con perfección la imagen del buen Pastor que da la vida por sus ovejas. Por ello, y ahora mucho más desde su canonización, pueden encontrar en él un «ejemplo y un estímulo» en el ministerio que les ha sido confiado. Ejemplo de predilección por los más necesitados de la misericordia de Dios. Estímulo para testimoniar el amor de Cristo y la solicitud por la Iglesia, sabiendo coordinar la acción de cada uno de sus miembros y colaborando con las demás Iglesias particulares con afecto colegial. Que el santo Obispo Romero los ayude a ser para todos signos de esa unidad en la pluralidad que caracteriza al santo Pueblo fiel de Dios.
Saludo también con especial afecto a los numerosos sacerdotes, religiosos, religiosas que están aquí y los que quedaron en la Patria. Ustedes, que se sienten llamados a vivir un compromiso cristiano inspirado en el estilo del nuevo santo, háganse dignos de sus enseñanzas, siendo ante todo «servidores del pueblo sacerdotal», en la vocación a la que Jesús, único y eterno sacerdote, los ha llamado. San Óscar Romero veía al sacerdote colocado en medio de dos grandes abismos: el de la misericordia infinita de Dios y el de la miseria infinita de los hombres (cf. Homilía durante la ordenación sacerdotal, 10 diciembre 1977). Queridos hermanos, trabajen sin descanso para dar cauce a ese anhelo infinito de Dios de perdonar a los hombres que se arrepienten de su miseria, y para abrir el corazón de sus hermanos a la ternura del amor de Dios, también a través de la denuncia profética de los males del mundo.
Quiero también dirigir igualmente un cordial saludo a los numerosos peregrinos venidos a Roma para participar en esta canonización, y también a los miembros de la comunidad salvadoreña de Roma. El mensaje de san Óscar Romero va dirigido a todos sin excepción, grandes y chicos, para todos. Me impresionó al entrar una abuela de noventa años que gritaba y aplaudía como si tuviera quince. La fuerza de la fe es la fuerza del Pueblo de Dios. Él, Óscar Romero, repetía con fuerza que cada católico ha de ser un mártir, porque mártir quiere decir testigo, es decir, testigo del mensaje de Dios a los hombres (cf. Homilía en el I Domingo de Adviento, 27 noviembre 1977). Dios quiere hacerse presente en nuestras vidas, y nos llama a anunciar su mensaje de libertad a toda la humanidad. Solo en Él podemos ser libres: libres del pecado, del mal, libres del odio en nuestros corazones –él fue víctima del odio–, libres totalmente para amar y acoger al Señor y a los hermanos. Una verdadera libertad ya en la tierra, que pasa por la preocupación por el hombre concreto para despertar en cada corazón la esperanza de la salvación.
Sabemos bien que esto no es fácil, y por eso necesitamos el apoyo de la oración. Necesitamos estar unidos a Dios y en comunión con la Iglesia. San Óscar nos dice que sin Dios, y sin el ministerio de la Iglesia, esto no es posible. En una ocasión, se refería a la confirmación como al «sacramento de mártires» (Homilía, 5 diciembre 1977). Y es que sin «esa fuerza del Espíritu Santo, que los primeros cristianos recibieron de sus obispos, del Papa…, no hubieran aguantado la prueba de la persecución; no hubieran muerto por Cristo» (ibíd.).
Llevemos a nuestra oración estas palabras proféticas, pidiendo a Dios su fuerza en la lucha diaria para que, si es necesario, «estemos dispuestos también a dar nuestra vida por Cristo» (ibíd.).
También desde aquí envío mi saludo a todo el Pueblo santo de Dios que peregrina en El Salvador y hoy vibra por el gozo de ver a uno de sus hijos en el honor de los altares. Sus gentes tienen fe viva que expresan en diferentes formas de religiosidad popular y que conforma su vida social y familiar: la fe del Santo Pueblo fiel de Dios. A los sacerdotes, a los obispos les pido: «Cuiden al Santo Pueblo fiel de Dios, no lo escandalicen, cuídenlo». Y no han faltado las dificultades, el flagelo de la división, el flagelo de la guerra; la violencia se ha sentido con fuerza en su historia reciente, pero ese pueblo resiste y va adelante. No son pocos los salvadoreños que han tenido que abandonar su tierra buscando un futuro mejor. El recuerdo de san Óscar Romero es una oportunidad excepcional para lanzar un mensaje de paz y de reconciliación a todos los pueblos de Latinoamérica. El pueblo lo quería a mons. Romero, el Pueblo de Dios lo quería. Y ¿saben por qué? Porque el Pueblo de Dios sabe olfatear bien dónde hay santidad. Y acá entre ustedes, yo tendría para agradecer a tanta gente, a todo el pueblo que lo ha acompañado, que lo ha seguido, que estuvo cerca de él. Pero, ¿cómo hago para agradecer? Así que elegí a una persona, una persona que estuvo muy cerca de él, y lo acompañó y lo siguió; una persona muy humilde del pueblo: Angelita Morales. En ella pongo la representación del Pueblo de Dios. Yo le pediría a Angelita si puede venir [aplausos y cantos mientras se acerca la Sra. Morales].
Junto a la alegría de todos ustedes, pido a María, Reina de la Paz, que cuide con ternura a todos los habitantes de El Salvador y que nuestro Señor bendiga a sus gentes con la caricia de su misericordia. Y, por favor… –¿Ustedes pagaron entrada para entrar acá, o no? [Responden: «¡No!»]–. Bueno, ahora van a tener que pagar, y el precio es que recen por mí. Rezamos a la Virgen antes de recibir la bendición. Ave María… San Óscar Romero [R: Ruega por nosotros], y los bendiga Dios Todopoderoso...
[Bendición]
© http://press.vatican.va/content/salastampa/it/bollettino.html 15 ottobre 2018
Cari fratelli e sorelle,
Buongiorno e grazie per essere qui. La canonizzazione di Monsignor Óscar Romero, un pastore insigne del continente americano, mi permette di avere un incontro con tutti voi, che siete venuti a Roma per venerarlo e, al tempo stesso, per manifestare la vostra adesione e vicinanza al Successore di Pietro. Grazie. Saluto in primo luogo i miei fratelli nell’Episcopato, i vescovi di El Salvador, venuti a Roma accompagnati dai loro sacerdoti e dai loro fedeli, e da tante suore, no? San Óscar Romero ha saputo incarnare con perfezione l’immagine del buon Pastore che dà la vita per le sue pecore. Perciò, e ora molto di più dopo la sua canonizzazione, potete trovare in lui un «esempio e uno stimolo» nel ministero che vi è stato affidato. Esempio di predilezione per i più bisognosi della misericordia di Dio. Stimolo p er testimoniare l’amore di Cristo e la sollecitudine per la Chiesa, sapendo coordinare l’azione di ognuno dei suoi membri e collaborando con le altre Chiese particolari con affetto collegiale. Che il santo Vescovo Romero vi aiuti a essere per tutti segni di quella unità nella pluralità che caratterizza il santo Popolo fedele di Dio. Saluto anche con speciale affetto i numerosi sacerdoti, religiosi e religiose qui presenti e quelli rimasti in Patria. Voi, che vi sentite chiamati a vivere un impegno cristiano ispirato allo stile del nuovo santo, mostratevi degni dei suoi insegnamenti, essendo anzitutto «servitori del popolo sacerdotale», nella vocazione a cui Gesù, unico ed eterno sacerdote, vi ha chiamati. San Óscar Romero vedeva il sacerdote posto in mezzo a due grandi abissi: quello della misericordia infinita di Dio e quello della miseria infinita degli uomini (cfr. Omelia durante l’ordinazione sacerdotale , 10 dicembre 1977). Cari fratelli, lavorate senza sosta per incanalare questo anelito infinito di Dio di perdonare gli uomini che si pentono della loro miseria, e per aprire il cuore dei vostri fratelli alla tenerezza dell’a m o re di Dio, anche attraverso la denuncia profetica dei mali del mondo. Desidero porgere un cordiale saluto anche ai numerosi pellegrini venuti a Roma per partecipare a questa canonizzazione, e anche ai membri della comunità salvadoregna di Roma. Il messaggio di san Óscar Romero è rivolto a tutti, senza eccezioni, grandi e piccoli, a tutti. Mi ha colpito l’ingresso di una nonna di novant’anni che gridava e applaudiva come se ne avesse quindici. La forza della fede è la forza del Popolo di Dio. Lui, Óscar Romero, ripeteva con forza che ogni cattolico deve essere un martire, perché martire vuol dire testimone, ossia testimone del messaggio di Dio agli uomini (cfr. Omelia nella I Domenica di Avvento , 27 novembre 1977). Dio vuole rendersi presente nella nostra vita e ci chiama ad annunciare il suo messaggio di libertà a tutta l’umanità. Solo in Lui possiamo essere liberi: liberi dal peccato, dal male, liberi dall’odio nei nostri cuori — lui è stato vittima dell’odio —, totalmente liberi per amare e accogliere il Signore e i fratelli. Una vera libertà già sulla terra, che passa per la preoccupazione per l’uomo concreto al fine di risvegliare in ogni cuore la speranza della salvezza. Sappiamo bene che ciò non è facile, e per questo abbiamo bisogno del sostegno della preghiera. Abbiamo bisogno di essere uniti a Dio e in comunione con la Chiesa. San Óscar ci dice che senza Dio, e senza il ministero della Chiesa, ciò non è possibile. In un’occasione si è riferito alla confermazione come al «sacramento di martiri» ( Omelia , 5 dicembre 1977). Di fatto senza «questa forza dello Spirito Santo, che i primi cristiani ricevettero dai loro vescovi, dal Papa..., non avrebbero sopportato la prova della persecuzione; non sarebbero morti per Cristo» ( Ibidem ). Portiamo nella nostra preghiera queste parole profetiche, chiedendo a Dio la sua forza nella lotta quotidiana affinché, se necessario, «siamo disposti anche a dare la nostra vita per Cristo» ( Ibidem ). Da qui invio anche il mio saluto a tutto il Popolo santo di Dio che peregrina a El Salvador e oggi vibra per la gioia di vedere uno dei suoi figli elevato agli onori degli altari. La sua gente ha una fede viva che esprime in diverse forme di religiosità popolare e che plasma la sua vita sociale e familiare: la fede del Santo Popolo fedele di Dio. A voi, sacerdoti e vescovi, chiedo: «prendetevi cura del Santo Popolo fedele di Dio, non lo scandalizzate, prendetevene cura». E non sono mancate le difficoltà, il flagello della divisione, il flagello della guerra; la violenza si è sentita con forza nella sua storia recente, ma questo popolo resiste e va avanti. Non sono pochi i salvadoregni che hanno dovuto abbandonare la propria terra alla ricerca di un futuro migliore. Il ricordo di san Óscar Romero è un’opportunità eccezionale per lanciare un messaggio di pace e di riconciliazione a tutti i popoli dell’America Latina. Il popolo voleva bene a Monsignor Romero, il Popolo di Dio gli voleva bene. E sapete perché? Perché il Popolo di Dio sa fiutare bene dove c’è santità. E qui tra voi, dovrei ringraziare tanta gente, tutto il popolo che lo ha accompagnato, che lo ha seguito, che gli è stato accanto. Ma, come faccio a ringraziare tutti? Perciò ho scelto una persona, una persona che gli è stata molto vicina, lo ha accompagnato e lo ha seguito; una persona molto umile del popolo: Angelita Morales. In lei vedo la rappresentazione del Popolo di Dio. Chiederei ad Angelita se può venire qui [applausi e canti mentre la signora Morales si avvicina]. Insieme alla gioia di tutti voi, chiedo a Maria, Regina della Pace, di prendersi cura con tenerezza di tutti gli abitanti di El Salvador e a nostro Signore di benedire la sua gente con la carezza della sua misericordia... E, per favore... — avete pagato un biglietto per entrare qui, o no? [Rispondono: “no!”] —. Bene, ora dovete pagare, e il prezzo è che preghiate per me. Preghiamo la Vergine prima di ricevere la benedizione. Ave Maria... San Óscar Romero [R: Prega per noi], e vi benedica Dio Onnipotente.
© Osservatore Romano 15-16 ottobre 2018