Home

Liturgia

Formazione

Rassegna stampa

Search

Risorse

Sostienici

Catechesi Santo Padre

Lincontro del Papa con lUniversità cattolica portogheseAlle ore 12 di oggi, nella Sala Clementina del Palazzo Apostolico, il Santo Padre Francesco ha ricevuto in Udienza la Comunità dell’Università Cattolica Portoghese, in occasione del 50° anniversario della sua fondazione.

Pubblichiamo di seguito il discorso che il Papa ha rivolto ai presenti nel corso dell’incontro:

Discorso del Santo Padre

Gran Canciller, Rectora Magnífica,
queridos profesores y alumnos,
hermanos y hermanas:

Ante la imposibilidad para mí de visitar la sede central de vuestra Universidad, durante mi peregrinación al Santuario de Fátima en mayo pasado, decidisteis que una distinguida representación del Ateneo viniera a visitarme a la Sede de Pedro. Con alegría os acojo y os saludo con afecto. Agradezco a mi hermano el Cardenal Manuel Clemente el saludo que me ha dirigido, presentándome las esperanzas y luchas de todos los que hoy —igual que otros en el pasado— aman, hacen y forman esta comunidad universitaria. Me congratulo con la Iglesia en Portugal que la quiso, la promueve y la apoya, y que puede contar así con una lectura en profundidad de los tiempos que corren y sobre todo con la formación superior de los guías del Pueblo de Dios y de los líderes que la sociedad necesita. Se cumplen ahora los cincuenta años de su servicio al crecimiento de la persona y de la comunidad humana: para la primera, una obra de construcción en tiempos relativamente breves, para la segunda en cambio, una obra sin fin. ¡Larga vida, pues, a la Universidad Católica Portuguesa!

1. Por naturaleza y misión sois universidad, es decir, abrazáis el universo del saber en su significado humano y divino, para garantizar aquella mirada de universalidad sin la cual la razón, resignada con modelos parciales, renuncia a su aspiración más alta: la búsqueda de la verdad. A la vista de la grandeza de su saber y de su poder, la razón cede ante la presión de los intereses y la atracción de la utilidad, acabando por reconocerla como su último criterio.

Pero cuando el ser humano se entrega a las fuerzas ciegas del inconsciente, de las necesidades inmediatas, del egoísmo, entonces su libertad se enferma. «En este sentido, [aquel] está desnudo y expuesto frente a su propio poder, que sigue creciendo, sin tener los elementos para controlarlo. Puede disponer de mecanismos superficiales, pero podemos sostener que carece de una ética sólida, una cultura y una espiritualidad que realmente lo limiten y lo contengan en una lúcida abnegación» (Enc. Laudato si’, 105). En efecto, la verdad significa más que el saber: el conocimiento de la verdad tiene como finalidad el conocimiento del bien. La verdad nos hace buenos, y la bondad es verdadera.

Es justo que nos interroguemos: ¿Cómo ayudamos a nuestros alumnos a no mirar un grado universitario como sinónimo de mayor posición, sinónimo de más dinero o mayor prestigio social? No son sinónimos. ¿Ayudamos a ver esta preparación como signo de una mayor responsabilidad ante los problemas de hoy, ante la necesidad del más pobre, ante el cuidado del medio ambiente? No basta hacer análisis, descripciones de la realidad; es necesario generar espacios de verdadera investigación, debates que generen alternativas para los problemas de hoy. Qué importante es concretar.

2. Por designio y gracia de Dios, sois universidad católica, una característica que en nada lesiona a la universidad, más bien al contrario, la valoriza al máximo; porque si la misión fundamental de toda universidad es «la constante búsqueda de la verdad mediante la investigación, la conservación y la comunicación del saber para el bien de la sociedad» (Juan Pablo II, Cons. ap. Ex corde Ecclesiae, 30), una institución académica católica se distingue por la inspiración cristiana de sus miembros y de sus propias comunidades, ayudándoles a incluir la dimensión moral, espiritual y religiosa en su investigación y a valorar las conquistas de la ciencia y la técnica en la perspectiva de la totalidad de la persona humana. Como afirma Juan Pablo II, «las ciencias humanas, no obstante todos los conocimientos de gran valor que ofrecen, no pueden asumir la función de indicadores decisivos de las normas morales» (Enc. Veritatis splendor, 112). A esto me refería al hablar de razón equivocada cuando establece como su último criterio la presión de los intereses y la atracción de lo útil. «El Evangelio es el que revela la verdad integral sobre el hombre y sobre su camino moral y, de esta manera, instruye y amonesta a los pecadores, y les anuncia la misericordia divina […], les recuerda la alegría del perdón, sólo el cual da la fuerza para reconocer una verdad liberadora en la ley divina, una gracia de esperanza, un camino de vida» (ibíd., 112).

Podría objetarse que una docencia universitaria de ese tipo saca sus conclusiones de la fe y, por tanto, no puede pretender que quienes no comparten esta fe acepten la validez de las mismas. Pero, si bien es cierto que no comparten la fe, sí que pueden reconocer la razón ética que les viene propuesta. Detrás del docente católico se encuentra una comunidad creyente, en la que, durante los siglos de su existencia, maduró una determinada sabiduría de la vida; una comunidad que guarda en sí un tesoro de conocimiento y de experiencia ética, que se revela importante para toda la humanidad. En este sentido, el docente habla no tanto como representante de una creencia, sino, sobre todo, como testigo de la validez de una razón ética.

3. Y por fisonomía y presencia, sois universidad portuguesa. Esto constituye otro signo de esperanza que la Iglesia ofrece al país, puesto que pone a disposición de la nación una institución cultural que, teniendo como objetivo el perfeccionamiento cristiano del hombre, es llamada precisamente a servir a la causa misma del hombre, en la certeza de que —como enseña el Concilio Vaticano II— «el que sigue a Cristo, hombre perfecto, también se hace él mismo más hombre» (Gaudium et spes, 41).

Antes he aludido a la necesidad de descender a lo concreto; quería recordar aquí el principio de encarnarse en la piel de nuestro pueblo. Sus preguntas nos cuestionan; sus batallas, sueños y preocupaciones tienen un valor hermenéutico que no podemos ignorar, si queremos verdaderamente seguir el principio de la encarnación. Nuestro Dios escogió este camino: se encarnó en este mundo, marcado por conflictos, injusticias y violencias, lleno de esperanzas y sueños. No tenemos otro lugar donde encontrarlo si no es en nuestro mundo concreto, en vuestro Portugal concreto, en vuestras ciudades y aldeas, en vuestro pueblo. Allí está Dios salvando.

«En Portugal, se conservará siempre el dogma de la fe» (Memorias de la Hermana Lucía, IV, nº 5). Esta es una promesa del Cielo dejada en Fátima hace cien años, tan consoladora como comprometida, pues sabemos que Dios creó solo al hombre, pero no quiso salvarlo solo; espera nuestra colaboración. También la colaboración de la Universidad Católica Portuguesa, nacida hace cincuenta años, un tiempo vivido bajo el signo de la consagración de la comunidad académica al Inmaculado Corazón de María. Me ha hecho mucho bien al alma, cuando estuve en su Santuario, poder unirme a la oración del buen pueblo portugués y de otras partes. Como entonces os dije, fui allí a «venerar a la Virgen Madre, y para confiarle a sus hijos e hijas. Bajo su manto, no se pierden; de sus brazos vendrá la esperanza y la paz que necesitan» (Homilía, 13 mayo 2017).

Con esta certeza, que se transforma en deseo de bien para toda la familia que compone vuestra institución académica: dirigentes, docentes, estudiantes, personal administrativo y bienhechores, renuevo mis felicitaciones por la fecha jubilar y bendigo a todos, en sus trabajos e iniciativas. Os acompaño con mis oraciones y, por favor, no os olvidéis de rezar por mí. Gracias.

 

Traduzione in lingua portoghese

Grão-Chanceler,
Magnífica Reitora,
Amados professores e alunos,
Queridos irmãos e irmãs!

Sabendo da minha impossibilidade de visitar a sede central da Universidade por ocasião da peregrinação ao Santuário de Fátima em maio passado, uma sua qualificada representação prontificou-se a visitar-me na Sé de Pedro. Com alegria vos acolho e, de coração, vos saúdo. Agradeço ao meu irmão cardeal Manuel Clemente a saudação que me dirigiu, apresentando-me as esperanças e lutas de quantos hoje – como ontem – amam, fazem e são esta comunidade universitária. Congratulo-me com a Igreja em Portugal que a quis, promove e apoia, e que pode contar com uma leitura aprofundada dos tempos que correm e sobretudo com a formação superior dos guias do povo de Deus e dos líderes que a sociedade precisa. Completam-se agora cinquenta anos de serviço ao crescimento da pessoa e da comunidade humana: obra de construção em tempos relativamente breves para a primeira, é obra sem fim para a segunda. Longa vida, pois, à Universidade Católica Portuguesa!

1. Por natureza e missão, sois universidade, isto é, abraçais o universo do saber no seu significado humano e divino, para garantir aquele olhar de universalidade sem o qual a razão, resignada com modelos parciais, renuncia à sua aspiração mais alta: a de buscar a verdade. À vista da grandeza do seu saber e do seu poder, a razão cede perante a pressão dos interesses e a atração da utilidade, acabando por a reconhecer como seu último critério.

Mas, quando o ser humano se entrega às forças cegas do inconsciente, das necessidades imediatas, do egoísmo, a sua liberdade adoece. «Neste sentido, ele está nu e exposto frente ao seu próprio poder que continua a crescer, sem ter os instrumentos para o controlar. Talvez disponha de mecanismos superficiais, mas podemos afirmar que carece de uma ética sólida, uma cultura e uma espiritualidade que lhe ponham realmente um limite e o contenham dentro dum lúcido domínio de si» (Francisco, Laudato si’, 105). Com efeito, a verdade significa mais do que saber: o conhecimento da verdade tem como finalidade o conhecimento do bem. A verdade torna-nos bons, e a bondade é verdadeira.

É justo que nos interroguemos: Como ajudamos os nossos alunos a não olhar um grau universitário como sinónimo de maior posição, sinónimo de mais dinheiro ou maior prestígio social? Não são sinónimos. Ajudamos a ver esta preparação como sinal de maior responsabilidade perante os problemas de hoje, perante o cuidado do mais pobre, perante o cuidado do meio ambiente? Não basta realizar análises, descrições da realidade; é necessário gerar espaços de verdadeira pesquisa, debates que gerem alternativas para as problemáticas de hoje. Como é necessário descer ao concreto!

2. Por desígnio e graça de Deus, sois católica, uma qualificação que em nada mortifica a universidade, antes valoriza-a ao máximo; pois, se a missão fundamental de toda universidade é «a investigação contínua da verdade mediante a pesquisa, a preservação e a comunicação do saber para o bem da sociedade» (João Paulo II, Cons. ap. Ex corde Ecclesiae, 30), uma instituição académica católica distingue-se pela inspiração cristã dos indivíduos e das próprias comunidades, consentindo-lhes incluir a dimensão moral, espiritual e religiosa na sua investigação e avaliar as conquistas da ciência e da técnica na perspetiva da totalidade da pessoa humana. Como afirma João Paulo II, «as ciências humanas, apesar do grande valor dos conhecimentos que oferecem, não podem ser assumidas como indicadores decisivos das normas morais deste caminho» (Enc. Veritatis splendor, 112). A isto me referia ao falar de razão equivocada quando reconhece como seu último critério a pressão dos interesses e a atração da utilidade. «É o Evangelho que descobre a verdade integral sobre o homem e sobre o seu caminho moral, e assim ilumina e adverte os pecadores anunciando-lhes a misericórdia de Deus, (…) lembra-lhes a alegria do perdão, o único capaz de conceder a força para reconhecer na lei moral uma verdade libertadora, uma graça de esperança, um caminho de vida» (ibid., 112).

Poderia alguém objetar que uma tal docência universitária tiraria as suas conclusões da fé e, por isso, não poderia pretender a validade das mesmas para quantos não partilham desta fé. É verdade que não partilham a fé, mas serve-lhes a razão ética proposta. Explico-me. Por detrás do docente católico fala uma comunidade crente, na qual, durante os séculos da sua existência, amadureceu uma determinada sabedoria da vida; uma comunidade que guarda em si um tesouro de conhecimento e de experiência ética, que se revela importante para toda a humanidade. Neste sentido, o docente fala não tanto como representante duma crença, como sobretudo testemunha da validade duma razão ética.

3. Por fisionomia e presença, sois portuguesa, constituindo mais um sinal de esperança, que a Igreja oferece ao País, ao colocar à disposição da nação uma instituição cultural que, tendo como objectivo o aperfeiçoamento cristão do homem, é chamada precisamente a servir a causa do homem, na certeza de que – como ensina o Concílio Vaticano II – «aquele que segue Cristo, o homem perfeito, torna-se mais homem» (Gaudium et spes, 41).

Acenava atrás à necessidade de se descer ao concreto, queria aqui lembrar o princípio da encarnação na pele do nosso povo. As suas perguntas ajudam-nos a questionar-nos; as suas batalhas, sonhos e preocupações possuem um valor hermenêutico que não podemos ignorar, se quisermos deveras levar a cabo o princípio da encarnação. O nosso Deus escolheu este caminho: encarnou-Se neste mundo, atravessado por conflitos, injustiças e violências, atravessado por esperanças e sonhos. Por conseguinte não temos outro lugar onde O procurar a não ser no nosso mundo concreto, no vosso Portugal concreto, nas vossas cidades e aldeias, no vosso povo. Lá Ele está a salvar.

«Em Portugal, se conservará sempre o dogma da fé» (Memórias da Irmã Lúcia, IV, n.º 5): esta é uma promessa do Céu deixada em Fátima há cem anos, tão consoladora como empenhativa, sabendo nós que Deus criou sozinho o homem, mas não quis salvá-lo sozinho; espera a nossa colaboração. Também a colaboração da Universidade Católica Portuguesa, nascida há cinquenta anos, sendo estes vividos sob o signo da consagração da comunidade académica ao Imaculado Coração de Maria. Fez-me muito bem à alma poder inserir-me na oração do bom povo português e demais filhos d’Ela. Como então vos disse, fui lá «venerar a Virgem Mãe e confiar-Lhe os seus filhos e filhas. Sob o seu manto não se perdem; dos seus braços virá a esperança e a paz de que necessitam» (Homilia, 13/V/2017).

Com esta certeza que personalizo a bem de toda a família dirigente, docente, discente, administrativa e benfeitora da vossa instituição académica, renovo as minhas felicitações pela data jubilar e abençoo a todos, com o seu trabalho e as suas iniciativas. Acompanho-vos com as minhas preces e, por favor, também vós não vos esqueçais de rezar por mim. Obrigado!

© http://press.vatican.va/content/salastampa/it/bollettino.html 26 ottobre 2017


 

Gran Cancelliere,
Magnifico Rettore,
cari professori e studenti,
fratelli e sorelle,

Dinanzi all’impossibilità per me di visitare la sede centrale della vostra Università lo scorso maggio, durante il mio pellegrinaggio al Santuario di Fátima, avevate detto che una insigne rappresentanza dell’Ateneo sarebbe venuta a visitarmi nella Sede di Pietro. Vi accolgo con gioia e vi saluto con affetto. Ringrazio mio fratello, il Cardinale Manuel Clemente, per il saluto che mi ha rivolto, presentandomi le speranze e le lotte di tutti coloro che oggi — come altri nel passato — amano, fanno e formano questa comunità universitaria. Mi congratulo con la Chiesa in Portogallo che l’ha voluta, la promuove e la sostiene, e che può così contare su una lettura approfondita dei tempi che corrono, e soprattutto sulla formazione superiore delle guide del Popolo di Dio e dei leader di cui la società ha bisogno. Si compiono ora i cinquant’anni del suo servizio alla crescita della persona e della comunità umana: un’opera di costruzione in tempi relativamente brevi per la prima, un’opera senza fine, invece, per la seconda. Lunga vita, perciò, all’Università Cattolica Portoghese! 1. Per natura e missione siete u n i v e rs i t à , ossia abbracciate l’universo del sapere nel suo significato umano e divino, per garantire quello sguardo di universalità senza il quale la ragione, conformata a modelli parziali, rinuncia alla sua aspirazione più alta: la ricerca della verità. Alla vista della grandezza del suo sapere e del suo potere, la ragione cede dinanzi alla pressione degli interessi e all’attrazione dell’utilità, finendo con riconoscerle come suo criterio ultimo. Quando però l’essere umano si abbandona alle forze cieche dell’inconscio, dei bisogni immediati, dell’egoismo, allora la sua libertà si ammala. «In tal senso, è nudo ed esposto di fronte al suo stesso potere che continua a crescere, senza avere gli strumenti per controllarlo. Può disporre di meccanismi superficiali, ma possiamo affermare che gli mancano un’etica adeguatamente solida, una cultura e una spiritualità che realmente gli diano un limite e lo contengano entro un lucido dominio di sé» (Enciclica Laudato si’ , n. 105). Di fatto, la verità significa più del sapere: la conoscenza della verità ha come finalità la conoscenza del bene. La verità ci rende buoni, e la bontà è vera. È giusto che ci chiediamo: Come aiutiamo i nostri studenti a non vedere un diploma di laurea come sinonimo di migliore posizione, come sinonimo di più denaro e maggiore prestigio sociale? Non sono sinonimi. Li aiutiamo a vedere questa preparazione come segno di una maggiore responsabilità di fronte ai problemi di oggi, di fronte alla necessità del più povero, di fronte alla cura dell’ambiente? Non basta fare analisi, descrizioni della realtà; è necessario creare spazi di vera ricerca, dibattiti che generino alternative per i problemi di oggi. Quanto è importante concretizzare ! 2. Per disegno e grazia di Dio, siete università cattolica , una caratteristica che non danneggia in nulla l’università, anzi, al contrario, la valorizza al massimo; perché, se la missione fondamentale di ogni università «è la continua indagine della verità mediante la ricerca, la conservazione e la comunicazione del sapere per il bene della società» (Giovanni Paolo II , Costituzione apostolica Ex corde Ecclesiae , n. 30), un’istituzione accademica cattolica si distingue per l’ispirazione cristiana dei suoi membri e delle sue comunità, aiutandoli a includere la dimensione morale, spirituale e religiosa nella loro ricerca e a valorizzare le conquiste della scienza e della tecnica nella prospettiva della totalità della persona umana. Come afferma Giovanni Paolo II , «le scienze umane, nonostante il grande valore delle conoscenze che offrono, non possono essere assunte come indicatori decisivi delle norme morali» (Enciclica Ve r i t a tis splendor , n. 112). A ciò mi riferivo nel parlare di ragione sbagliata quando questa stabilisce come suo criterio ultimo la pressione degli interessi e l’attrazione dell’utile. «È il Vangelo che svela la verità integrale sull’uomo e sul suo cammino morale, e così illumina e ammonisce i peccatori annunciando loro la misericordia di Dio [...], ricorda loro la gioia del perdono, che solo concede la forza di riconoscere nella legge morale una verità liberatrice, una grazia di speranza, un cammino di vita» ( Ibidem , n. 112). Si potrebbe obiettare che una docenza universitaria di questo tipo trae le sue conclusione dalla fede e non può pertanto pretendere che quanti non condividono tale fede accettino la validità delle stesse. Ma, anche se è certo che non condividono la fede, possono sì riconoscere la ragione etica che viene loro proposta. Dietro al docente cattolico c’è una comunità credente, in cui, nei secoli della sua esistenza, è maturata una determinata saggezza della vita; una comunità che serba in sé un tesoro di conoscenza e di esperienza etica, che si rivela importante per tutta l’umanità. In tal senso, il docente parla non tanto come rappresentante di una credenza, quanto, e soprattutto, come testimone della validità di una ragione etica. 3. E per fisionomia e presenza, siete università portoghese . Ciò costituisce un altro segno di speranza che la Chiesa offre al paese, posto che mette a disposizione della nazione un’istituzione culturale che, avendo come obiettivo il perfezionamento cristiano dell’uomo, è chiamata proprio a servire la causa stessa dell’uomo, nella certezza che — come insegna il Concilio Vaticano II — «chiunque segue Cristo, l’uomo perfetto, diventa anch’egli più uomo» ( Gaudium et spes , n. 41). Prima ho menzionato il bisogno di scendere al concreto; vorrei ricordare qui il principio d’incarnarsi nella pelle del nostro popolo. Le sue domande c’interrogano; le sue battaglie, i suoi sogni e le sue preoccupazioni hanno un valore ermeneutico che non possiamo ignorare se vogliamo veramente seguire il principio dell’incarnazione. Il nostro Dio ha scelto questo cammino: si è incarnato in questo mondo, segnato da conflitti, ingiustizie e violenze, pieno di speranze e di sogni. Non abbiamo altro luogo in cui trovarlo se non nel nostro mondo concreto, nel vostro Portogallo concreto, nelle vostre città e paesi, nel vostro popolo. Lì c’è Dio che salva. «In Portogallo si conserverà sempre il dogma della fede» ( Memorie di Suor Lucia , I V , n. 5). Questa è una promessa del Cielo lasciata a Fatima cent’anni fa, tanto consolatrice quanto impegnativa, poiché sappiamo che Dio ha creato da solo l’uomo, ma non ha voluto salvarlo da solo; si aspetta la nostra collaborazione. E anche la collaborazione dell’Università Cattolica Portoghese, nata cinquant’anni fa, un tempo vissuto sotto il segno della consacrazione della comunità accademica all’Immacolato Cuore di Maria. Mi ha fatto molto bene all’anima, quando sono stato nel Santuario, potermi unire alla preghiera del buon popolo del Portogallo e di altre parti. Come vi ho detto allora, sono stato lì per «venerare la Vergine Madre e affidarLe i suoi figli e figlie. Sotto il suo manto non si perdono; dalle sue braccia verrà la speranza e la pace di cui hanno bisogno» ( Omelia , 13 maggio 2017). Con questa certezza, che si trasforma in desiderio di bene per tutta la famiglia che compone la vostra istituzione accademica — dirigenti, docenti, studenti, personale amministrativo e benefattori —, vi rinnovo i miei auguri per la data giubilare e vi benedico tutti, nei vostri lavori e nelle vostre iniziative. Vi accompagno con le mie preghiere e, per favore, non vi dimenticate di pregare per me. Grazie.

© Osservatore Romano - 27 ottobre 2017