Alle ore 12.25 di questa mattina, nella Sala Clementina del Palazzo Apostolico, il Santo Padre Francesco ha ricevuto in Udienza la comunità del Pontificio Collegio Spagnolo “San José” di Roma, in occasione dei 125 anni di fondazione.
Pubblichiamo di seguito il discorso che il Papa ha pronunciato nel corso dell’Udienza:
Discorso del Santo Padre:
Queridos hermanos y hermanas
Quiero hacer llegar mi saludo a toda la comunidad del Pontificio Colegio Español de San José y agradecer al Señor Cardenal Ricardo Blázquez Pérez las amables palabras que, como co-patrono del Colegio, me ha dirigido en nombre de todos, en esta conmemoración. Doy gracias a Dios por la hermosa obra que instituyó el beato Manuel Domingo y Sol, fundador de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos del Sagrado Corazón de Jesús, y por la labor de los mismos durante todos estos años.
Esta Institución nació con la vocación de ser un referente para la formación del clero. Formarse supone ser capaces de acercarse con humildad al Señor y preguntarle: ¿Cuál es tu voluntad? ¿Qué quieres de mí? Sabemos la respuesta, pero tal vez nos haga bien recordarla, y para ello les propongo las tres palabras del Shemá con las que Jesús respondió al Levita: «amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas» (Mc 12,30).
Amar de todo corazón, significa hacerlo sin reservas, sin dobleces, sin intereses espurios, sin buscarse a sí mismo en el éxito personal o en la carrera. La caridad pastoral supone salir al encuentro del otro, comprendiéndolo, aceptándolo y perdonándolo de todo corazón. Eso es caridad pastoral. Pero solos no es posible crecer en esa caridad. Por eso el Señor nos llamó para ser una comunidad, de modo que esa caridad congregue a todos los sacerdotes con un especial vínculo en el ministerio y la fraternidad. Para ello se necesita la ayuda del Espíritu Santo pero también el combate espiritual personal (cf. Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis, 87). Esto no pasó de moda, sigue siendo tan actual como en los primeros tiempos de la Iglesia. Se trata de un desafío permanente para superar el individualismo, vivir la diversidad como un don, buscando la unidad del presbiterio, que es signo de la presencia de Dios en la vida de la comunidad. Presbiterio que no mantiene la unidad, de hecho, echa a Dios de su testimonio. No es testimonio de la presencia de Dios. Lo manda afuera. De ese modo, reunidos en nombre del Señor, especialmente cuando celebran la Eucaristía, manifiestan incluso sacramentalmente que él es el amor de su corazón.
Segundo: amar con toda el alma. Es estar dispuestos a ofrecer la vida. Esta actitud debe persistir en el tiempo, y abarcar todo nuestro ser. Así lo proponía el Fundador del Colegio: «[Señor] te ofrezco y pongo a tu disposición mi cuerpo, mi alma, mi memoria, entendimiento, voluntad, mi salud y hasta mi vida» (Escritos III, vol. 6, doc. 111, p. 1). Por lo tanto, la formación de un sacerdote no puede ser únicamente académica, aunque esta sea muy importante y necesaria, sino que ha de ser un proceso integral, que abarque todas las facetas de la vida. La formación ha de servirles para crecer y, al mismo tiempo, para acercarse a Dios y a los hermanos. Por favor, no se conformen con conseguir un título, sino sean discípulos a tiempo completo para «anunciar el mensaje evangélico de modo creíble y comprensible al hombre de hoy» (Ratio,116). A este punto, es importante crecer en el hábito del discernimiento, que les permita valorar cada instante y moción, incluso lo que parece opuesto y contradictorio, y cribar lo que viene del Espíritu; una gracia que debemos pedir de rodillas. Sólo desde esta base, a través de las múltiples tareas en el ejercicio del ministerio, podrán formar a los demás en ese discernimiento que lleva a la Resurrección y la Vida, y les permite dar una respuesta consciente y generosa a Dios y a los hermanos (cf. Encuentro con los sacerdotes y consagrados Milán, 25 marzo 2017). Yo decía que la formación de un sacerdote no puede ser únicamente académica y conformarse con esto solo. De ahí nacen todas las ideologías que apestan a la Iglesia, de un signo o de otro, del academicismo clerical. Son cuatro columnas que tienen que tener la formación: formación académica, formación espiritual, formación comunitaria y formación apostólica. Y las cuatro se tienen que interactuar. Si falta una de ellas, ya empieza a renquear la formación y termina paralítico el cura. Así que, por favor, las cuatro juntas e interactuándose.
Finalmente, la tercera respuesta de Jesús, amar con todas las fuerzas, nos recuerda que allí donde está nuestro tesoro está nuestro corazón (cf. Mt 6,21), y que es en nuestras pequeñas cosas, seguridades y afectos, donde nos jugamos el ser capaces de decir que sí al Señor o darle la espalda como el joven rico. No se pueden contentar con tener una vida ordenada y cómoda, que les permita vivir sin preocupaciones, sin sentir la exigencia de cultivar un espíritu de pobreza radicado en el Corazón de Cristo que, siendo rico, se ha hecho pobre por nuestro amor (cf. 2 Co 8,9) o, como dice el texto, para enriquecernos a nosotros. Se nos pide adquirir la auténtica libertad de hijos de Dios, en una adecuada relación con el mundo y con los bienes terrenos, según el ejemplo de los Apóstoles, a los que Jesús invita a confiar en la Providencia y a seguirlo sin lastres ni ataduras (cf. Lc 9,57-62; Mc 10,17-22). No se olviden de esto: el diablo siempre entra por el bolsillo, siempre. Además, es bueno aprender a dar gracias por lo que tenemos, renunciando generosa y voluntariamente a lo superfluo, para estar más cerca de los pobres y de los débiles. El beato Domingo y Sol decía que para socorrer la necesidad se debía estar dispuestos a «vender la camisa». Yo no les pediré tanto: curas descamisados no, simplemente que sean testigos de Jesús, a través de la sencillez y la austeridad de vida, para llegar a ser promotores creíbles de una verdadera justicia social (cf. Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, 30). Y, por favor –y esto como hermano, como padre, como amigo– por favor, huyan del carrerismo eclesiástico: es una peste. Huyan de eso.
Queridos superiores, colegiales y exalumnos de este Colegio Español de San José: confiemos al santo Patriarca, Protector de la Iglesia, sus preocupaciones y proyectos, que él los acompañe, junto a María Santísima, invocada por la tradición del Colegio como Madre Clementísima, para que puedan crecer en sabiduría y gracia, y ser discípulos amados del Buen Pastor. Que Dios los bendiga.
© http://press.vatican.va/content/salastampa/it/bollettino.html 1 aprile 2017
Cari fratelli e sorelle,
Desidero far giungere il mio saluto a tutta la comunità del Pontificio Collegio Spagnolo di San Giuseppe e ringraziare il signor Cardinale Ricardo Blásquez Pérez per le cordiali parole che, come Patrono del Collegio, mi ha rivolto a nome di tutti, in questa commemorazione. Rendo grazie a Dio per la bella opera che istituì il beato Manuel Domingo y Sol, fondatore della Fraternità dei Sacerdoti Operai Diocesani del Sacro Cuore di Gesù, e per il lavoro svolto in tutti questi anni. Questa Istituzione è nata con la vocazione di essere un punto di riferimento per la formazione del clero. Formarsi presuppone la capacità di avvicinarsi con umiltà al Signore e domandargli: Qual è la tua volontà? Che cosa vuoi da me? Conosciamo la risposta, ma forse ci fa bene ricordarla, perciò vi propongo le tre parole del Shemà con cui Gesù rispose al Levita: «Amerai il Signore Dio tuo con tutto il c u o re , con tutta la tua anima e con tutte le tue forze » ( Mc 12, 30). Amare con tutto il cuore significa farlo senza riserve e senza ambiguità, senza falsi interessi e senza cercare se stessi nel successo personale o nella carriera. La carità pastorale presuppone l’andare incontro all’altro, capendolo, accettandolo e perdonandolo di tutto cuore. Questa è carità pastorale. Ma da soli non è possibile crescere in questa carità. Perciò il Signore ci ha chiamati per essere una comunità, di modo che la carità riunisca tutti i sacerdoti, con uno speciale vincolo, nel ministero e nella fraternità. Per questo occorre l’aiuto dello Spirito Santo, ma anche la lotta spirituale personale (cfr. Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis , n. 87). Questo non è passato di moda, continua ad essere attuale, come nei primi tempi della Chiesa. Si tratta di una sfida permanente per superare l’individualismo e vivere la diversità come un dono, cercando l’unità del presbiterio, che è segno della presenza di Dio nella vita della comunità. Il presbiterio che non mantiene l’unità, di fatto, scaccia Dio dalla propria testimonianza. Non testimonia la presenza di Dio. Lo manda fuori. In tal modo, riuniti nel nome del Signore, specialmente quando celebrate l’Eucaristia, manifestate anche sacramentalmente che Lui è l’a m o re del vostro cuore. Secondo: amare con tutta l’anima vuol dire essere disposti a offrire la vita. Questo atteggiamento deve persistere nel tempo e coinvolgere tutto il nostro essere. Così lo proponeva il Fondatore del Collegio: «[Signore] ti offro e metto a tua disposizione il mio corpo, la mia anima, la mia memoria, il mio intelletto e la mia volontà, la mia salute e persino la mia vita» ( Escritos III , vol. 6, doc. 111, p. 1). La formazione di un sacerdote non può essere quindi solo accademica, sebbene questa sia molto importante e necessaria, ma deve essere anche un processo integrale, che includa tutti gli aspetti della vita. La formazione deve servirvi per crescere e, al tempo stesso, per avvicinarvi a Dio e ai fratelli. Per favore, non accontentatevi di conseguire un titolo, ma siate discepoli a tempo pieno per «annunciare, in modo credibile e comprensibile per l’uomo di oggi, il messaggio evangelico» ( Ratio , n. 116). A questo punto, è importante crescere nell’abitudine del discernimento, che vi permette di valorizzare ogni istante e ogni mozione, persino ciò che appare opposto e contradittorio, e vagliare ciò che viene dallo Spirito; una grazia che dobbiamo chiedere in ginocchio. Solo partendo da questa base, attraverso i molteplici compiti nell’esercizio del ministero, potrete formare gli altri in quel discernimento che porta alla Risurrezione e alla Vita, e vi permette di dare una risposta consapevole e generosa a Dio e ai fratelli (cfr. Incontro con i sacerdot i e i cons a c ra t i , Milano, 25 marzo 2017). Ho detto che la formazione di un sacerdote non può essere solo accademica e limitarsi solo a questo. Da lì nascono tutte le ideologie che appestano la Chiesa, di qualsiasi tipo, dell’accademismo clericale. Sono quattro le colonne che deve avere la formazione: formazione accademica, formazione spirituale, formazione comunitaria e formazione apostolica. E devono interagire tra loro. Se manca una di esse la formazione comincia a zoppicare e il prete finisce paralitico. Quindi, per favore, tutte e quattro insieme, che interagiscono. Infine, la terza risposta di Gesù, amare con tutte le forze , ci ricorda che là dove è il nostro tesoro sarà anche il nostro cuore (cfr. Mt 6, 21), e che è nelle nostre piccole cose, sicurezze e affetti che è in gioco la nostra capacità di dire sì al Signore o di voltargli le spalle come il giovane ricco. Non vi potete accontentare di condurre una vita ordinata e comoda, che vi permetta di vivere senza preoccupazioni, senza sentire il bisogno di coltivare uno spirito di povertà radicato nel Cuore di Cristo che, pur essendo ricco, si è fatto povero per amore nostro (cfr. 2 Cor 8, 9) o, come dice il testo, per arricchire noi stessi. Ci viene chiesto di acquisire l’autentica libertà di figli di Dio, in un’adeguata relazione con il mondo e con i beni terreni, sull’esempio degli Apostoli, che Gesù invita a confidare nella Provvidenza e a seguirlo senza zavorre né legami (cfr. Lc 9, 57-62; Mc 10, 17-22). Non vi dimenticate di questo: il diavolo entra sempre dalle tasche, sempre. Inoltre, è bene imparare a rendere grazie per ciò che abbiamo, rinunciando generosamente e volontariamente al superfluo, per stare più vicino ai poveri e ai deboli. Il beato Domingo y Sol diceva che per soccorrere chi ha bisogno si doveva essere disposti a “vendere la camicia”. Io non vi chiederò tanto, preti scamiciati, no; ma solo che siate testimoni di Gesù, attraverso la semplicità e l’austerità di vita, per diventare promotori credibili di una vera giustizia sociale (cfr. Giovanni Paolo II , Pastores dabo vobis , n. 30). E, per favore, — e questo lo dico come fratello, come padre, come amico — per favore, rifuggite il carrierismo ecclesiastico: è una peste. Rifuggitelo. Cari superiori, alunni ed ex alunni di questo Collegio Spagnolo di San Giuseppe: affidiamo al santo Patriarca, Protettore della Chiesa, le vostre preoccupazioni e i vostri progetti, perché vi accompagni, insieme a Maria Santissima, invocata dalla tradizione del Collegio come Madre Clementissima, affinché possiate crescere in sapienza e grazia, ed essere discepoli amati del Buon Pastore. Che Dio vi benedica.
© Osservatore Romano - 2 aprile 2017