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walking togetherAlle ore 8.45 di questa mattina (16.45 ora di Roma), dopo aver celebrato la Santa Messa in privato, il Santo Padre Francesco si è trasferito in auto a Maskwacis dove, alle ore 10.00, ha avuto luogo l’incontro con le popolazioni indigene First Nations, Métis e Inuit.

Al Suo arrivo, il Papa è stato accolto dal Parroco della chiesa della Madonna dei Sette Dolori e da alcuni anziani nativi delle popolazioni First Nations, Métis e Inuit. Quindi, al suono dei tamburi, ha proseguito insieme a loro fino al cimitero.

Entrato nel cimitero, il Santo Padre si è raccolto per un momento di breve preghiera silenziosa. Quindi si è trasferito al Bear Park Pow-Wow Grounds al cui ingresso è stato accolto da una delegazione di capi indigeni provenienti da tutto il Paese.

Dopo l’ingresso dei capi indigeni e le parole di benvenuto di uno di essi, Papa Francesco ha pronunciato il suo discorso. Concluso il discorso due uomini, al ritmo di un suono cadenzato di tamburi, hanno donato al Papa un copricapo piumato.

Quindi dopo l’esecuzione di un canto e la recita del Padre Nostro, il Papa ha salutato individualmente alcuni anziani nativi.

Al termine dell’incontro con le popolazioni indigene First Nations, Métis e Inuit, il Santo Padre è rientrato in auto al St. Joseph Seminary.

Pubblichiamo di seguito il discorso che il Papa ha pronunciato nel corso dell’incontro:

Discorso del Santo Padre

Señora Gobernadora General,

señor Primer Ministro,

queridos pueblos indígenas de Maskwacis y de esta tierra canadiense,

queridos hermanos y hermanas:

Esperaba que llegara este momento para estar entre ustedes. Desde aquí, desde este lugar tristemente evocativo, quisiera comenzar lo que deseo en mi interior: una peregrinación, una peregrinación penitencial. Llego hasta sus tierras nativas para decirles personalmente que estoy dolido, para implorar a Dios el perdón, la sanación y la reconciliación, para manifestarles mi cercanía, para rezar con ustedes y por ustedes.

Recuerdo los encuentros que tuvimos en Roma hace cuatro meses. En ese momento me entregaron en prenda dos pares de mocasines, signo del sufrimiento padecido por los niños indígenas, en particular de los que lamentablemente no volvieron más a casa desde las escuelas residenciales. Me pidieron que devolviera los mocasines cuando llegara a Canadá; los traje, y lo haré al terminar estas palabras, y quisiera inspirarme precisamente en este símbolo que, en los meses pasados, reavivó en mí el dolor, la indignación y la vergüenza. El recuerdo de esos niños provoca aflicción y exhorta a actuar para que todos los niños sean tratados con amor, honor y respeto. Pero esos mocasines también nos hablan de un camino, de un recorrido que deseamos hacer juntos. Caminar juntos, rezar juntos, trabajar juntos, para que los sufrimientos del pasado dejen el lugar a un futuro de justicia, de sanación y de reconciliación.

Este es el motivo por el que la primera etapa de mi peregrinación entre ustedes se lleva a cabo en esta región que ha visto, desde tiempos inmemoriales, la presencia de los pueblos indígenas. Es un territorio que nos habla, que nos permite hacer memoria.

Hacer memoria. Hermanos y hermanas, ustedes han vivido en esta tierra durante miles de años con estilos de vida que respetaban la misma tierra, heredada de las generaciones pasadas y protegida para las futuras. La trataron como un don del Creador para compartir con los demás y amar en armonía con todo lo que existe, en una viva interconexión entre todos los seres vivos. Así aprendieron a nutrir un sentido de familia y de comunidad, y desarrollaron vínculos fuertes entre las generaciones, honrando a los ancianos y cuidando de los pequeños. ¡Cuántas buenas tradiciones y enseñanzas basadas en la atención a los otros y al amor por la verdad, en la valentía y el respeto, en la humildad, en la honestidad, y en la sabiduría de vida!

Pero, si estos fueron los primeros pasos dados en estos territorios, la memoria nos lleva tristemente a los sucesivos. El lugar en el que nos encontramos hace resonar en mí un grito de dolor, un clamor sofocado que me acompañó durante estos meses. Pienso en el drama sufrido por tantos de ustedes, por sus familias, por sus comunidades, en lo que ustedes compartieron conmigo sobre los sufrimientos padecidos en las escuelas residenciales. Son traumas que, en cierto modo, reviven cada vez que se recuerdan y soy consciente de que también nuestro encuentro de hoy puede despertar recuerdos y heridas, y que muchos de ustedes podrían sentirse mal mientras yo hablo. Pero es justo hacer memoria, porque el olvido lleva a la indiferencia y, como se ha dicho, «lo opuesto al amor no es el odio, es la indiferencia… lo opuesto a la vida no es la muerte, es la indiferencia a la vida o a la muerte» (E. Wiesel). Hacer memoria de las devastadoras experiencias que ocurrieron en las escuelas residenciales nos golpea, nos indigna, nos entristece, pero es necesario.

Es necesario recordar cómo las políticas de asimilación y desvinculación, que también incluían el sistema de las escuelas residenciales, fueron nefastas para la gente de estas tierras. Cuando los colonos europeos llegaron aquí por primera vez, hubo una gran oportunidad de desarrollar un encuentro fecundo entre las culturas, las tradiciones y la espiritualidad. Pero en gran parte esto no sucedió. Y me vuelve a la mente lo que ustedes me contaron, de cómo las políticas de asimilación terminaron por marginar sistemáticamente a los pueblos indígenas; de cómo, también por medio del sistema de escuelas residenciales, sus lenguas, sus culturas fueron denigradas y suprimidas; y de cómo los niños sufrieron abusos físicos y verbales, psicológicos y espirituales; de cómo se los llevaron de sus casas cuando eran chiquitos y de cómo esto marcó de manera indeleble la relación entre padres e hijos, entre abuelos y nietos.

Les agradezco por haber hecho que todo esto entrara en mi corazón, por haber expresado el peso que llevaban dentro, por haber compartido conmigo esta memoria sangrante. Hoy estoy aquí, en esta tierra que, junto a una memoria antigua, custodia las cicatrices de heridas todavía abiertas. Me encuentro entre ustedes porque el primer paso de esta peregrinación penitencial es el de renovar mi pedido de perdón y decirles, de todo corazón, que estoy profundamente dolido: pido perdón por la manera en la que, lamentablemente, muchos cristianos adoptaron la mentalidad colonialista de las potencias que oprimieron a los pueblos indígenas. Estoy dolido. Pido perdón, en particular, por el modo en el que muchos miembros de la Iglesia y de las comunidades religiosas cooperaron, también por medio de la indiferencia, en esos proyectos de destrucción cultural y asimilación forzada de los gobiernos de la época, que finalizaron en el sistema de las escuelas residenciales.

Aunque la caridad cristiana haya estado presente y existan no pocos casos ejemplares de entrega por los niños, con todo, las consecuencias globales de las políticas ligadas a las escuelas residenciales han sido catastróficas. Lo que la fe cristiana nos dice es que fue un error devastador, incompatible con el Evangelio de Jesucristo. Duele saber que ese terreno compacto de valores, lengua y cultura, que confirió a sus pueblos un sentido genuino de identidad, duele saber que haya ha sido erosionado, y que ustedes siguen pagando los efectos. Frente a este mal que indigna, la Iglesia se arrodilla ante Dios y le implora perdón por los pecados de sus hijos (cf. S. Juan Pablo II, Bula Incarnationis mysterium [29 noviembre 1998], 11: AAS 91 [1999], 140). Quisiera repetir con vergüenza y claridad: pido perdón humildemente por el mal que tantos cristianos cometieron contra los pueblos indígenas.

Queridos hermanos y hermanas, muchos de ustedes y de sus representantes han afirmado que las disculpas no son un punto de llegada. Concuerdo perfectamente. Constituyen sólo el primer paso, el punto de partida. También soy consciente de que «mirando hacia el pasado nunca será suficiente lo que se haga para pedir perdón y buscar reparar el daño causado» y «mirando hacia el futuro nunca será poco todo lo que se haga para generar una cultura capaz de evitar que estas situaciones no sólo no se repitan, sino que no encuentren espacios» (Carta al Pueblo de Dios, 20 agosto 2018). Una parte importante de este proceso es hacer una seria búsqueda de la verdad acerca del pasado y ayudar a los supervivientes de las escuelas residenciales a realizar procesos de sanación por los traumas sufridos.

Rezo y espero que los cristianos y la sociedad de esta tierra crezcan en la capacidad de acoger y respetar la identidad y la experiencia de los pueblos indígenas. Espero que se encuentren caminos concretos para conocerlos y valorarlos, aprendiendo a caminar todos juntos. Por mi parte, seguiré animando el compromiso de todos los católicos respecto a los pueblos indígenas. Lo hice en otras ocasiones y en varios lugares, a través de encuentros y llamamientos, y también por medio de una Exhortación Apostólica. Sé que todo esto requiere tiempo y paciencia, se trata de procesos que tienen que entrar en los corazones, y mi presencia aquí y el compromiso de los obispos canadienses son testimonio de la voluntad de avanzar en este camino.

Queridos amigos, esta peregrinación se extiende durante algunos días y llegará a lugares distantes entre sí, sin embargo, no me permitirá responder a muchas invitaciones y visitar centros como Kamloops, Winnipeg, varios lugares en Saskatchewan, en Yukón y en los Territorios del Noroeste. Aunque esto no es posible, sepan que están todos en mi recuerdo y en mi oración. Sepan que conozco el sufrimiento, los traumas y los desafíos de los pueblos indígenas en todas las regiones de este país. Las palabras que pronunciaré a lo largo de este camino penitencial están dirigidas a todas las comunidades y a los indígenas, que abrazo de corazón.

En esta primera etapa quise hacer espacio a la memoria. Hoy estoy aquí para recordar el pasado, para llorar con ustedes, para mirar la tierra en silencio, para rezar junto a las tumbas. Dejemos que el silencio nos ayude a todos a interiorizar el dolor. Silencio y oración. Ante el mal recemos al Señor del bien; ante la muerte recemos al Dios de la vida. Nuestro Señor Jesucristo hizo de un sepulcro —la última estación de la esperanza ante la cual se habían desvanecido todos los sueños y sólo quedaban el llanto, y el dolor y la resignación— hizo de un sepulcro el lugar del renacimiento, de la resurrección, donde comenzó una historia de vida nueva y de reconciliación universal. No bastan nuestros esfuerzos para sanar y reconciliar, es necesaria su gracia, es necesaria la sabiduría afable y fuerte del Espíritu, la ternura del Consolador. Que Él colme las esperanzas de los corazones. Que Él nos tome de la mano. Que Él nos haga caminar juntos.

 

Traduzione in lingua italiana

Signora Governatore Generale,

Signor Primo Ministro,

care popolazioni indigene di Maskwacis e di questa terra canadese,

cari fratelli e care sorelle!

Attendevo di giungere tra voi. È da qui, da questo luogo tristemente evocativo, che vorrei iniziare quanto ho nell’animo: un pellegrinaggio penitenziale. Giungo nelle vostre terre natie per dirvi di persona che sono addolorato, per implorare da Dio perdono, guarigione e riconciliazione, per manifestarvi la mia vicinanza, per pregare con voi e per voi.

Ricordo gli incontri avuti a Roma quattro mesi fa. Allora mi erano state consegnate in pegno due paia di mocassini, segno della sofferenza patita dai bambini indigeni, in particolare da quanti purtroppo non fecero più ritorno a casa dalle scuole residenziali. Mi era stato chiesto di restituire i mocassini una volta arrivato in Canada; li ho portati e lo farò al termine di queste parole, per le quali vorrei prendere spunto proprio da questo simbolo, che ha ravvivato in me nei mesi passati il dolore, l’indignazione e la vergogna. Il ricordo di quei bambini infonde afflizione ed esorta ad agire affinché ogni bambino sia trattato con amore, onore e rispetto. Ma quei mocassini ci parlano anche di un cammino, di un percorso che desideriamo fare insieme. Camminare insieme, pregare insieme, lavorare insieme, perché le sofferenze del passato lascino il posto a un futuro di giustizia, guarigione e riconciliazione.

Ecco perché la prima tappa del mio pellegrinaggio in mezzo a voi si svolge in questa regione che vede, da tempo immemorabile, la presenza delle popolazioni indigene. È un territorio che ci parla, che permette di fare memoria.

Fare memoria: fratelli e sorelle, avete vissuto in questa terra per migliaia di anni con stili di vita che hanno rispettato la terra stessa, ereditata dalle generazioni passate e custodita per quelle future. L’avete trattata come un dono del Creatore da condividere con gli altri e da amare in armonia con tutto quanto esiste, in una vivida interconnessione tra tutti gli esseri viventi. Avete così imparato a nutrire un senso di famiglia e di comunità, e sviluppato legami saldi tra le generazioni, onorando gli anziani e prendendovi cura dei piccoli. Quante buone usanze e insegnamenti, incentrati sull’attenzione agli altri e sull’amore per la verità, sul coraggio e sul rispetto, sull’umiltà e sull’onestà, sulla sapienza di vita!

Ma, se questi sono stati i primi passi mossi in questi territori, la memoria ci porta tristemente a quelli successivi. Il luogo in cui ci troviamo fa risuonare in me un grido di dolore, un urlo soffocato che mi ha accompagnato in questi mesi. Ripenso al dramma subito da tanti di voi, dalle vostre famiglie, dalle vostre comunità; a ciò che avete condiviso con me sulle sofferenze patite nelle scuole residenziali. Sono traumi che, in un certo modo, rivivono ogni volta che vengono rievocati e mi rendo conto che anche il nostro incontro odierno può risvegliare ricordi e ferite, e che molti di voi potrebbero trovarsi in difficoltà mentre parlo. Ma è giusto fare memoria, perché la dimenticanza porta all’indifferenza e, come è stato detto, «l’opposto dell’amore non è l’odio, è l’indifferenza… l’opposto della vita non è la morte, ma l’indifferenza alla vita o alla morte» (E. Wiesel). Fare memoria delle esperienze devastanti avvenute nelle scuole residenziali ci colpisce, ci indigna, ci addolora, ma è necessario.

È necessario ricordare come le politiche di assimilazione e di affrancamento, che comprendevano anche il sistema delle scuole residenziali, siano state devastanti per la gente di queste terre. Quando i coloni europei vi arrivarono per la prima volta, c’era la grande opportunità di sviluppare un fecondo incontro tra culture, tradizioni e spiritualità. Ma in gran parte ciò non è avvenuto. E mi tornano alla mente i vostri racconti: di come le politiche di assimilazione hanno finito per emarginare sistematicamente i popoli indigeni; di come, anche attraverso il sistema delle scuole residenziali, le vostre lingue, le vostre culture sono state denigrate e soppresse; e di come i bambini hanno subito abusi fisici e verbali, psicologici e spirituali; di come sono stati portati via dalle loro case quando erano piccini e di come ciò abbia segnato in modo indelebile il rapporto tra i genitori e i figli, i nonni e i nipoti.

Io vi ringrazio per avermi fatto entrare nel cuore tutto questo, per aver tirato fuori i pesanti fardelli che portate dentro, per aver condiviso con me questa memoria sanguinante. Oggi sono qui, in questa terra che, insieme a una memoria antica, custodisce le cicatrici di ferite ancora aperte. Sono qui perché il primo passo di questo pellegrinaggio penitenziale in mezzo a voi è quello di rinnovarvi la richiesta di perdono e di dirvi, di tutto cuore, che sono profondamente addolorato: chiedo perdono per i modi in cui, purtroppo, molti cristiani hanno sostenuto la mentalità colonizzatrice delle potenze che hanno oppresso i popoli indigeni. Sono addolorato. Chiedo perdono, in particolare, per i modi in cui molti membri della Chiesa e delle comunità religiose hanno cooperato, anche attraverso l’indifferenza, a quei progetti di distruzione culturale e assimilazione forzata dei governi dell’epoca, culminati nel sistema delle scuole residenziali.

Sebbene la carità cristiana fosse presente e vi fossero non pochi casi esemplari di dedizione per i bambini, le conseguenze complessive delle politiche legate alle scuole residenziali sono state catastrofiche. Quello che la fede cristiana ci dice è che si è trattato di un errore devastante, incompatibile con il Vangelo di Gesù Cristo. Addolora sapere che quel terreno compatto di valori, lingua e cultura, che ha conferito alle vostre popolazioni un genuino senso di identità, addolora sapere che è stato eroso, e che voi continuiate a pagarne gli effetti. Di fronte a questo male che indigna, la Chiesa si inginocchia dinanzi a Dio e implora il perdono per i peccati dei suoi figli (cfr S. Giovanni Paolo II, Bolla Incarnationis mysterium [29 novembre 1998], 11: AAS 91 [1999], 140). Vorrei ribadirlo con vergogna e chiarezza: chiedo umilmente perdono per il male commesso da tanti cristiani contro le popolazioni indigene.

Cari fratelli e sorelle, molti di voi e dei vostri rappresentanti hanno affermato che le scuse non sono un punto di arrivo. Concordo perfettamente: costituiscono solo il primo passo, il punto di partenza. Sono anch’io consapevole che, «guardando al passato, non sarà mai abbastanza ciò che si fa per chiedere perdono e cercare di riparare il danno causato» e che, «guardando al futuro, non sarà mai poco tutto ciò che si fa per dar vita a una cultura capace di evitare che tali situazioni non solo non si ripetano, ma non trovino spazio» (Lettera al Popolo di Dio, 20 agosto 2018). Una parte importante di questo processo è condurre una seria ricerca della verità sul passato e aiutare i sopravvissuti delle scuole residenziali a intraprendere percorsi di guarigione dai traumi subiti.

Prego e spero che i cristiani e la società di questa terra crescano nella capacità di accogliere e rispettare l’identità e l’esperienza delle popolazioni indigene. Auspico che si trovino vie concrete per conoscerle e apprezzarle, imparando a camminare tutti insieme. Da parte mia, continuerò a incoraggiare l’impegno di tutti i Cattolici nei riguardi dei popoli indigeni. L’ho fatto in più altre occasioni e in vari luoghi, mediante incontri, appelli e anche attraverso un’Esortazione apostolica. So che tutto ciò richiede tempo e pazienza: si tratta di processi che devono entrare nei cuori, e la mia presenza qui e l’impegno dei Vescovi canadesi sono testimonianza della volontà di procedere in questo cammino.

Cari amici, questo pellegrinaggio si estende per alcuni giorni e toccherà luoghi tra loro distanti, tuttavia non mi permetterà di dare seguito a molti inviti e visitare centri come Kamloops, Winnipeg, vari siti nel Saskatchewan, nello Yukon e nei Territori del Nordovest. Anche se ciò non è possibile, sappiate che siete tutti nei miei pensieri e nella mia preghiera. Sappiate che conosco la sofferenza, i traumi e le sfide dei popoli indigeni in tutte le regioni di questo Paese. Le mie parole pronunciate lungo questo cammino penitenziale sono rivolte a tutte le comunità e le persone native, che abbraccio di cuore.

In questa prima tappa ho voluto fare spazio alla memoria. Oggi sono qui a ricordare il passato, a piangere con voi, a guardare in silenzio la terra, a pregare presso le tombe. Lasciamo che il silenzio ci aiuti tutti a interiorizzare il dolore. Silenzio. E preghiera: di fronte al male preghiamo il Signore del bene; di fronte alla morte preghiamo il Dio della vita. Il Signore Gesù Cristo ha fatto di un sepolcro, capolinea della speranza di fronte al quale erano svaniti tutti i sogni ed erano rimasti solo pianto, dolore e rassegnazione, ha fatto di un sepolcro il luogo della rinascita, della risurrezione, da cui è partita una storia di vita nuova e di riconciliazione universale. Non bastano i nostri sforzi per guarire e riconciliare, occorre la sua Grazia: occorre la sapienza mite e forte dello Spirito, la tenerezza del Consolatore. Sia Lui a colmare le attese dei cuori. Sia Lui a prenderci per mano. Sia Lui a farci camminare insieme.

Traduzione in lingua inglese

Madam Governor General,

Mr Prime Minister,

Dear indigenous peoples of Maskwacis and of this land of Canada,

Dear brothers and sisters!

I have been waiting to come here and be with you! Here, from this place associated with painful memories, I would like to begin what I consider a pilgrimage, a penitential pilgrimage. I have come to your native lands to tell you in person of my sorrow, to implore God’s forgiveness, healing and reconciliation, to express my closeness and to pray with you and for you.

I recall the meetings we had in Rome four months ago. At that time, I was given two pairs of moccasins as a sign of the suffering endured by indigenous children, particularly those who, unfortunately, never came back from the residential schools. I was asked to return the moccasins when I came to Canada; I brought them, and I will return them at the end of these few words, in which I would like to reflect on this symbol, which over the past few months has kept alive my sense of sorrow, indignation and shame. The memory of those children is indeed painful; it urges us to work to ensure that every child is treated with love, honour and respect. At the same time, those moccasins also speak to us of a path to follow, a journey that we desire to make together. We want to walk together, to pray together and to work together, so that the sufferings of the past can lead to a future of justice, healing and reconciliation.

That is why the first part of my pilgrimage among you takes place in this region, which from time immemorial has seen the presence of indigenous peoples. These are lands that speak to us; they enable us to remember.

To remember: brothers and sisters, you have lived on these lands for thousands of years, following ways of life that respect the earth which you received as a legacy from past generations and are keeping for those yet to come. You have treated it as a gift of the Creator to be shared with others and to be cherished in harmony with all that exists, in profound fellowship with all living beings. In this way, you learned to foster a sense of family and community, and to build solid bonds between generations, honouring your elders and caring for your little ones. A treasury of sound customs and teachings, centred on concern for others, truthfulness, courage and respect, humility, honesty and practical wisdom!

Yet if those were the first steps taken in these lands, the path of remembrance leads us, sadly, to those that followed. The place where we are gathered renews within me the deep sense of pain and remorse that I have felt in these past months. I think back on the tragic situations that so many of you, your families and your communities have known; of what you shared with me about the suffering you endured in the residential schools. These are traumas that are in some way reawakened whenever the subject comes up; I realize too that our meeting today can bring back old memories and hurts, and that many of you may feel uncomfortable even as I speak. Yet it is right to remember, because forgetfulness leads to indifference and, as has been said, “the opposite of love is not hatred, it’s indifference… and the opposite of life is not death, it’s indifference” (E. WIESEL). To remember the devastating experiences that took place in the residential schools hurts, angers, causes pain, and yet it is necessary.

It is necessary to remember how the policies of assimilation and enfranchisement, which also included the residential school system, were devastating for the people of these lands. When the European colonists first arrived here, there was a great opportunity to bring about a fruitful encounter between cultures, traditions and forms of spirituality. Yet for the most part that did not happen. Again, I think back on the stories you told: how the policies of assimilation ended up systematically marginalizing the indigenous peoples; how also through the system of residential schools your languages and cultures were denigrated and suppressed; how children suffered physical, verbal, psychological and spiritual abuse; how they were taken away from their homes at a young age, and how that indelibly affected relationships between parents and children, grandparents and grandchildren.

I thank you for making me appreciate this, for telling me about the heavy burdens that you still bear, for sharing with me these bitter memories. Today I am here, in this land that, along with its ancient memories, preserves the scars of still open wounds. I am here because the first step of my penitential pilgrimage among you is that of again asking forgiveness, of telling you once more that I am deeply sorry. Sorry for the ways in which, regrettably, many Christians supported the colonizing mentality of the powers that oppressed the indigenous peoples. I am sorry. I ask forgiveness, in particular, for the ways in which many members of the Church and of religious communities cooperated, not least through their indifference, in projects of cultural destruction and forced assimilation promoted by the governments of that time, which culminated in the system of residential schools.

Although Christian charity was not absent, and there were many outstanding instances of devotion and care for children, the overall effects of the policies linked to the residential schools were catastrophic. What our Christian faith tells us is that this was a disastrous error, incompatible with the Gospel of Jesus Christ. It is painful to think of how the firm soil of values, language and culture that made up the authentic identity of your peoples was eroded, and that you have continued to pay the price of this. In the face of this deplorable evil, the Church kneels before God and implores his forgiveness for the sins of her children (cf. JOHN PAUL II, Bull Incarnationis Mysterium [29 November 1998), 11: AAS 91 [1999], 140). I myself wish to reaffirm this, with shame and unambiguously. I humbly beg forgiveness for the evil committed by so many Christians against the indigenous peoples.

Dear brothers and sisters, many of you and your representatives have stated that begging pardon is not the end of the matter. I fully agree: that is only the first step, the starting point. I also recognize that, “looking to the past, no effort to beg pardon and to seek to repair the harm done will ever be sufficient” and that, “looking ahead to the future, no effort must be spared to create a culture able to prevent such situations from happening” (Letter to the People of God, 20 August 2018). An important part of this process will be to conduct a serious investigation into the facts of what took place in the past and to assist the survivors of the residential schools to experience healing from the traumas they suffered.

I trust and pray that Christians and civil society in this land may grow in the ability to accept and respect the identity and the experience of the indigenous peoples. It is my hope that concrete ways can be found to make those peoples better known and esteemed, so that all may learn to walk together. For my part, I will continue to encourage the efforts of all Catholics to support the indigenous peoples. I have done so on other occasions and in various places, through meetings, appeals and also through the writing of an Apostolic Exhortation. I realize that all this will require time and patience. We are speaking of processes that must penetrate hearts. My presence here and the commitment of the Canadian Bishops are a testimony to our will to persevere on this path.

Dear friends, this pilgrimage is taking place over several days and in places far distant from one another; even so, it will not allow me to accept the many invitations I have received to visit centres like Kamloops, Winnipeg and various places in Saskatchewan, Yukon and the Northwest Territories. Although it is not possible, please know that all of you are in my thoughts and in my prayer. Know that I am aware of the sufferings and traumas, the difficulties and challenges, experienced by the indigenous peoples in every region of this country. The words that I speak throughout this penitential journey are meant for every native community and person. I embrace all of you with affection.

On this first step of my journey, I have wanted to make space for memory. Here, today, I am with you to recall the past, to grieve with you, to bow our heads together in silence and to pray before the graves. Let us allow these moments of silence to help us interiorize our pain. Silence. And prayer. In the face of evil, we pray to the Lord of goodness; in the face of death, we pray to the God of life. Our Lord Jesus Christ took a grave, which seemed the burial place of every hope and dream, leaving behind only sorrow, pain and resignation, and made it a place of rebirth and resurrection, the beginning of a history of new life and universal reconciliation. Our own efforts are not enough to achieve healing and reconciliation: we need God’s grace. We need the quiet and powerful wisdom of the Spirit, the tender love of the Comforter. May he bring to fulfilment the deepest expectations of our hearts. May he take us by the hand and enable us to advance together on our journey.

© http://press.vatican.va/content/salastampa/it/bollettino.html - 25 luglio 2022