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papa Francesco e domenicaniAlle ore 10.00 di questa mattina, nella Sala Clementina, il Santo Padre Francesco ha ricevuto in Udienza i partecipanti al Capitolo Generale dell’Ordine dei Frati Predicatori (Domenicani) e ha rivolto loro il discorso che riportiamo di seguito:

Discorso del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy podriamos describir este dia como “Un jesuita entre frailes”: a la mañana con ustedes y en la tarde en Asís con los franciscanos: entre frailes.

Les doy la bienvenida y agradezco el saludo que Fray Bruno Cadoré, Maestro general de la Orden, me ha dirigido en nombre propio y de todos los presentes, ya culminando el Capítulo general, en Bolonia, donde desean reavivar sus raíces junto al sepulcro del santo Fundador.

Este año tiene un significado especial para vuestra familia religiosa al cumplirse ocho siglos desde que el papa Honorio III confirmó la Orden de los Predicadores. Con ocasión del Jubileo que celebran con este motivo, me uno a ustedes en acción de gracias por los abundantes dones recibidos durante este tiempo. Además quiero expresar mi gratitud a la Orden por su significativo aporte a la Iglesia y la colaboración que, con espíritu de servicio fiel, ha mantenido desde sus orígenes hasta el día de hoy con la Sede Apostólica.

Y este octavo centenario nos lleva a hacer memoria de hombres y mujeres de fe y letras, de contemplativos y misioneros, mártires y apóstoles de la caridad, que han llevado la caricia y la ternura de Dios por doquier, enriqueciendo a la Iglesia y mostrando nuevas posibilidades para encarnar el Evangelio a través de la predicación, el testimonio y la caridad: tres pilares que afianzan el futuro de la Orden, manteniendo la frescura del carisma fundacional.

Dios impulsó a santo Domingo a fundar una «Orden de Predicadores», siendo la predicación la misión que Jesús encomendó a los Apóstoles. Es la Palabra de Dios la que quema por dentro e impulsa a salir para anunciar a Jesucristo a todos los pueblos (cf. Mt 28,19-20). El padre Fundador decía: «Primero contemplar y después enseñar». Evangelizados por Dios, para evangelizar. Sin una fuerte unión personal con él, la predicación podrá ser muy perfecta, muy razonada, incluso admirable, pero no toca el corazón, que es lo que debe cambiar. Es tan imprescindible el estudio serio y asiduo de las materias teológicas, como todo lo que permite aproximarnos a la realidad y poner el oído en el pueblo de Dios. El predicador es un contemplativo de la Palabra y también lo es del pueblo, que espera ser comprendido (cf. Evangelii gaudium, 154).

Transmitir más eficazmente la Palabra de Dios requiere el testimonio: maestros fieles a la verdad y testigos valientes del Evangelio. El testigo encarna la enseñanza, la hace tangible, convocadora, y no deja a nadie indiferente; añade a la verdad la alegría del Evangelio, la de saberse amados por Dios y objeto de su infinita misericordia (cf. ibíd, 142).

Santo Domingo decía a sus seguidores: «Con los pies descalzos, salgamos a predicar». Nos recuerda el pasaje de la zarza ardiente, cuando Dios dijo a Moisés: «Quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado» (Ex 3,5). El buen predicador es consciente de que se mueve en terreno sagrado, porque la Palabra que lleva consigo es sagrada, y sus destinatarios también lo son. Los fieles no sólo necesitan recibir la Palabra en su integridad, sino también experimentar el testimonio de vida de quien predica (cf. Evangelii gaudium, 171). Los santos han logrado abundantes frutos porque, con su vida y su misión, hablan con el lenguaje del corazón, que no conoce barreras y es comprensible por todos.

Por último, el predicador y el testigo deben serlo en la caridad. Sin esta, serán discutidos y sospechosos. Santo Domingo tuvo un dilema al inicio de su vida, que marcó toda su existencia: «Cómo puedo estudiar con pieles muertas, cuando la carne de Cristo sufre». Es el cuerpo de Cristo vivo y sufriente, que grita al predicador y no lo deja tranquilo. El grito de los pobres y los descartados despierta, y hace comprender la compasión que Jesús tenía por las gentes (Mt 15,32).

Mirando a nuestro alrededor, comprobamos que el hombre y la mujer de hoy, están sedientos de Dios. Ellos son la carne viva de Cristo, que grita «tengo sed» de una palabra auténtica y liberadora, de un gesto fraterno y de ternura. Este grito nos interpela y debe ser el que vertebre la misión y dé vida a las estructuras y programas pastorales. Piensen en esto cuando reflexionen sobre la necesidad de ajustar el organigrama de la Orden, para discernir sobre la respuesta que se da a este grito de Dios. Cuanto más se salga a saciar la sed del prójimo, tanto más seremos predicadores de verdad, de esa verdad anunciada por amor y misericordia, de la que habla santa Catalina de Siena (cf. Libro della Divina Dottrina, 35). En el encuentro con la carne viva de Cristo somos evangelizados y recobramos la pasión para ser predicadores y testigos de su amor; y nos libramos de la peligrosa tentación, tan actual hoy día, del nosticismo.

Queridos hermanos y hermanas, con un corazón agradecido por los bienes recibidos del Señor para vuestro Orden y para la Iglesia, los animo a seguir con alegría el carisma inspirado a santo Domingo y que ha sido vivido con diversos matices por tantos santos y santas de la familia dominica. Su ejemplo es impulso para afrontar el futuro con esperanza, sabiendo que Dios siempre renueva todo… y no defrauda. Que Nuestra Madre, la Virgen del Rosario, interceda por ustedes y los proteja, para que sean predicadores y testigos valientes del amor de Dios. Gracias!

© http://press.vatican.va/content/salastampa/it/bollettino.html - 4 agosto 2016


 

Cari fratelli e sorelle,
oggi potremmo descrivere questo giorno come “Un gesuita tra i frati”: la mattina con voi e la sera ad Assisi con i francescani: tra i frati. Vi do il benvenuto e ringrazio del saluto che mi ha rivolto, a nome suo e di tutti i presenti, Padre Bruno Cadoré, Maestro Generale dell’Ordine, mentre giunge al culmine il Capitolo generale, tenutosi a Bologna, dove avete voluto ravvivare le vostre radici presso il sepolcro del santo Fond a t o re . Questo anno ha un significato speciale per la vostra famiglia religiosa, perché si compiono otto secoli da quando Papa Onorio III ha approvato l’Ordine dei Predicatori. In occasione del Giubileo che celebrate per questa ragione, mi unisco a voi in rendimento di grazie per i doni abbondanti ricevuti nel corso di questo tempo. Voglio esprimere inoltre la mia gratitudine nei confronti dell’Ordine per il significativo apporto dato alla Chiesa e per la collaborazione con la Sede Apostolica che, con spirito di fedele servizio, ha mantenuto dalle origini fino a oggi. E questo ottavo centenario ci porta a fare memoria di uomini e donne di fede e di lettere, contemplativi e missionari, martiri e apostoli della carità, che hanno portato ovunque la carezza e la tenerezza di Dio, arricchendo la Chiesa e mostrando nuove possibilità per incarnare il Vangelo attraverso la predicazione , la testimonianza e la carità: tre pilastri che garantiscono il futuro dell’Ordine, mantenendo la freschezza del carisma fondazionale. Dio spinse san Domenico a fondare un “Ordine di Predicatori”, essendo la predicazione la missione che Gesù aveva affidato agli apostoli. È la Parola di Dio che brucia dentro e spinge ad andare per annunciare Gesù Cristo a tutti i popoli (cfr. Mt 28, 19- 20). Il Padre fondatore diceva: «Prima contemplare, poi insegnare». Evangelizzati da Dio, per evangelizzare. Senza un’unione forte con Lui, la predicazione potrà essere del tutto perfetta, molto argomentata e perfino ammirevole, ma non tocca il cuore, che è quello che deve cambiare. È altrettanto imprescindibile lo studio serio e assiduo delle materie teologiche quanto tutto ciò che permette di avvicinarci alla realtà e dare ascolto al popolo di Dio. Il predicatore è un contemplativo della Parola e anche un contemplativo del popolo, che attende di essere compreso (cfr. Evangelii gaudium, 154). Trasmettere più efficacemente la Parola di Dio richiede la testimonianza: maestri fedeli alla verità e testimoni coraggiosi del Vangelo. Il testimone incarna l’insegnamento, lo rende tangibile, attraente, e non lascia indifferente nessuno; unisce alla verità la gioia del Vangelo, la gioia di sapersi amati da Dio e oggetto della sua infinita misericordia (cfr. ibid, 142). San Domenico diceva ai suoi seguaci: «A piedi scalzi, andiamo a predicare». Ci ricorda il passo del roveto ardente, quando Dio disse a Mosè: «Togliti i sandali dai piedi, perché il luogo sul quale tu stai è una terra santa!» (Es 3, 5). Il buon predicatore è consapevole di muoversi in una terra santa, perché la Parola che porta è santa, e lo sono anche i suoi destinatari. I fedeli non hanno bisogno soltanto di ricevere la Parola nella sua integrità, ma devono anche sperimentare la testimonianza di vita di colui che predica (cfr. Evangelii gaudium, 171). I santi hanno portato frutti abbondanti perché, con la loro vita e la loro missione, parlano con il linguaggio del cuore, che non conosce barriere ed è comprensibile a tutti. Infine, il predicatore e il testimone devono esserlo nella carità. Senza questa, saranno discutibili e sospetti. San Domenico ebbe un dilemma all’inizio della sua vita, che segnò tutta la sua esistenza: «Come posso studiare su pelli morte mentre la carne di Cristo soffre?». È il corpo di Cristo vivo e sofferente, che grida al predicatore e non lo lascia in pace. Il grido dei poveri e degli esclusi risveglia, e fa comprendere la compassione che Gesù provava per la gente (Mt 15, 32). Guardandoci intorno, riscontriamo che l’uomo e la donna di oggi sono assetati di Dio. Sono la carne viva di Cristo che grida: “ho sete” di una parola autentica e liberatrice, di un gesto fraterno e di tenerezza. Questo grido ci interpella e deve costituire l’ossatura della missione e dare vita alle strutture e ai programmi pastorali. Pensate a questo quando riflettete sulla necessità di aggiustare l’organigramma dell’Ordine, per discernere la risposta che si deve dare a questo grido di Dio. Quanto più andremo a saziare la sete del prossimo, tanto più saremo predicatori di verità, di quella verità annunciata con amore e misericordia, di cui parla santa Caterina da Siena (cfr. Libro della Divina Dottrina, 35). Nell’incontro con la carne viva di Cristo siamo evangelizzati e ritroviamo la passione di essere predicatori e testimoni del suo amore; e ci liberiamo dalla pericolosa tentazione, oggi così attuale, dello gnosticismo. Cari fratelli e sorelle, con cuore grato per i beni ricevuti dal Signore per il vostro Ordine e per la Chiesa, vi incoraggio a seguire con gioia il carisma ispirato a san Domenico e che è stato vissuto con sfumature diverse da tanti santi e sante della famiglia domenicana. Il suo esempio è stimolo ad affrontare il futuro con speranza, sapendo che Dio rinnova sempre tutto... e non toglie. Che Nostra Madre, la Vergine del Rosario, interceda per voi e vi protegga, perché siate predicatori e testimoni coraggiosi dell’amore di Dio. Grazie!

© Osservatore Romano - 5 agosto 2016